Estaba navegando el internet y me encontré con este cuento “Nuestro Ultimo Día”de Eduardo Halfon.
Eduardo Halfon nos muestra en este cuento una sencilla manera de filosofar con un infante. Sin mucha tragedia usa la palabra muerte para explicar el pasaje que tenemos de un estado a otro. En este caso el árbol es el objeto que muere.
Este cuento es parte de la colección “Elocuencias de un Tartamudo”. El autor hace la aclaración que este no es una colección, “es una serie de acercamientos breves y accidentados como los de un tartamudo a la elocuencia de la vida. O algo así.”
Eduardo Halfon nació en Guatemala en 1971. Ha publicado una serie de cuentos incorporándolos a los siguientes libros Esto no es una pipa Saturno, De cabo roto, Pan y cerveza, El ángel literario, Siete minutos de desasosiego, Clases de hebreo y El boxeador polaco.
Disfrute el cuento
Nuestro último día
La niña metió sus pies descalzos entre el montículo de lodo húmedo y los dejó allí escondidos y calientes mientras yo rompía la bolsa de plástico negro del pequeño pino y luego trataba de peinar con mis dedos la espesa telaraña de raíces.
“¿Y cuánto va a crecer, pues?”
“Mucho,” le dije.
“¿Pero cuánto mucho?”
“Bastante mucho.”
La niña soltó un suspiro. Seguía con sus pies entre el lodo, y sus rodillas elevadas, y su índice derecho jugando con el tablero de ajedrez en el césped, hecho de las luces y sombras que se filtraban entre las hojas del viejo encino.
“Es que un árbol, mientras vive,” le dije, “nunca para de crecer.”
“¿Nunca?”
“Un árbol crece toda su vida. Mucho al principio y luego cada vez menos, claro. Pero siempre está creciendo, hasta que muere.”
Pensativa, seria, su boquita medio abierta, se quedó observando cómo yo limpiaba con la mano el fondo del agujero, cómo insertaba el pequeño pino, cómo lo ajustaba, cómo ordenaba un poco las raíces.
“¿Y si nunca muere?” preguntó.
“Un árbol siempre muere.”
“¿Y si crece y crece y nunca para de crecer?”
“Siempre muere, y entonces siempre para de crecer.”
“¿Pero y si no?”
Las ramas del encino crujieron en la brisa.
“Podría llegar hasta las nubes.”
Lo dijo con travesura, volviendo su mirada hacia arriba y sorprendiéndose ante un cielo infinito y celeste.
“O podría llegar hasta las estrellas.”
Me salpicó estrellitas invisibles con los dedos.
“O podría llegar hasta el sol.”
Juntó las manos encima de su medusa de rulos dorados, formando un círculo grande y angelical.
“¿Verdad que un árbol podría, a lo mejor?”
“Mira,” le dije con paciencia mientras agarraba puños de lodo y los echaba y compactaba en el agujero. “Un árbol es como tú y como yo, que algún día es nuestro último día y entonces ya no crecemos más.”
La vi hacer un puchero, arrugar un poco la frente.
“Algún día todo se detiene, todo para de crecer,” le dije.
“Ay,” pareció desahogarse, luego sacó rápido sus pies enlodados del montículo, se puso de rodillas y se acercó al agujero. “¿Por qué usted siempre me habla en gris?”
Casi triste, casi maternal, la niña acariciaba las agujas del pino.